miércoles, 27 de marzo de 2013


5ª ESTACIÓN: SIMÓN CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ



Entre los soldados y fariseos corría un comentario: Necesitamos que alguien ayude a este hombre si queremos que llegue con vida. Entre la multitud vieron a un hombre alto, fornido, con aspecto de trabajador o campesino y le obligaron a que ayudara a Jesús a llevar la cruz.

Primero, lo hizo de mala gana, a la fuerza. Jesús lo miró con mucha ternura y agradecimiento, y las entrañas se le conmovieron al ver el pésimo estado del ajusticiado. Ayudó a Jesús a llevar el instrumento de su suplicio.

¡Qué suerte la de aquel hombre! Quizá fuera inculto, tosco, duro; pero sin duda, sería un hombre honrado, honesto, con un gran corazón. Aquel gesto de compasión lo inmortalizó, lo introdujo en la historia para siempre. Y si Jesús prometió el paraíso al buen ladrón por unas palabras de arrepentimiento, qué no ofrecería a Simón Cirineo por haber ayudado al mismo Dios a llevar tan pesada carga.

Ahora miramos a aquel hombre con cierta envidia por la oportunidad que se le ofreció en su vida. Pero no pensamos en la cantidad de oportunidades que Dios nos regala y que nosotros desaprovechamos. No seamos nostálgicos sino realistas. Desde que nos levantamos, toda nuestra vida es una gracia continuada de Dios y un motivo de agradecimiento por todas las ocasiones que se nos ofrecen para ayudar a Jesús a llevar su cruz.

¿Acaso no sabemos que cada hermano nuestro es el mismo Cristo en persona? “Todo lo que hagáis al más pequeño de mis hijos, a Mí me lo hacéis”. Jesús no nos dice que es como si se lo hiciéramos a él, sino que se lo hacemos a él.

Una sonrisa, una limosna, unas palabras de consuelo y aliento. Ayudar a alguien a resolver una situación difícil. Acompañar, estar al lado del que esta caído, solo, enfermo. Visitar al preso, al marginado, al que nadie quiere. Informar, socorrer, compartir. Renunciar a comodidades, a bienes, a derechos, a nuestro tiempo. Ponernos a disposición de otros; pero con sinceridad, sin cumplidos hipócritas. Dar y darnos. Dar no sólo de lo que nos sobra, sino de lo necesario. Nos damos cuando damos más importancia a los demás que a nosotros mismos. Cuando nuestro ego no es el centro que rige, gobierna y mueve nuestra vida. Dar y darnos. Sin distinción de personas. Sin esperar recompensa. Ni siquiera esperar que nos lo agradezcan. Dar y darnos. Al pobre, al extranjero, al enfermo, al preso, al desconocido, al que nos causa problemas, al antipático, al ineducado. Dar y darnos. A los que no son como nosotros, a los que no piensan como nosotros, a los que no viven como nosotros. A los que nos ofenden y no nos quieren.





Cuántas veces nos preguntamos, ¿y yo por qué tengo fe y otros no la tienen? ¿Por qué Dios me ha hecho a mí este regalo? ¿Acaso tengo yo más derecho que otros a este don sobrenatural? ¿Por qué yo soy un privilegiado frente a millones de seres humanos que no conocen a Cristo? ¿Es justificable que yo me salve y otros no? Y no vemos explicación a estos interrogantes. La fe es un don gratuito de Dios. La salvación es un regalo de su misericordia infinita. Pero Dios no nos da estos bienes espirituales sólo para nuestro único disfrute personal. Él pone en nuestras manos la fe, el conocimiento y posesión de su gracia, de la Redención para que nosotros la transmitamos y comuniquemos a los demás. La vocación cristiana no es ser pozo o pantano de los dones de Dios; sino acequia, canal. Ser cristiano, tener fe, seguir a Cristo no es sólo un don, una gracia, un privilegio; es, sobre todo, una responsabilidad. Dios nos ha creado para los demás. Nos da la fe y la salvación para los demás. Quiere que seamos luz, sal, levadura para los demás.

También solemos decir con bastante frecuencia: ¿por qué Dios no se manifiesta en una importante plaza de una gran ciudad, a la vista de todos, o se aparece a gente importante, a sabios y poderosos y lo hace a gente humilde, sencilla, inculta? Está claro que los designios de Dios no son los nuestros ni sus caminos nuestros caminos. Jesús lo dejó bien claro al afirmar: “Bendito seas Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos se las has revelado a la gente sencilla (Mat 11,25-26; Luc10, 21). La fuerza de Dios se manifiesta en nuestra debilidad. Ahora, mientras los poderosos, los sabios y letrados, los cumplidores de la ley lo condenan, obstinados en su ceguera, un sencillo y humilde campesino le ayuda a llevar sobre sus hombros la cruz de su suplicio. El mismo Hijo de Dios quiso contar con la colaboración de este hombre en su obra de la Redención del género humano.



6ª ESTACIÓN: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS



El cortejo de los ajusticiados sigue su marcha hacia el Calvario, cuando una mujer fuerte e impetuosa se abre paso entre la gente y, con total decisión, llega hasta Jesús y le ofrece un paño para limpiarse el rostro. Jesús se limpió el sudor y la sangre de la cara y se lo devolvió a la mujer, manifestándole su agradecimiento.

Se oyen gritos de protesta entre los soldados y las autoridades del templo por la intromisión de aquella mujer, mientras ella desaparece y se dirige hacia su casa. Apenas entró, desplegó lienzo o sudario y se encontró con la imagen de la cara ensangrentada de Jesús. No podemos imaginar cuál sería su sorpresa. Se pondría en oración para agradecer a Dios tal privilegio. Qué pronto fue recompensada su buena acción, recibiendo el ciento por uno. Con qué cariño guardaría Verónica aquella reliquia, qué cambio produciría en su vida.

Otro personaje a imitar por nosotros. Ejemplo de decisión, valentía, falta de respeto humano y de miedo a comprometerse con una buena acción. Verónica no piensa en el peligro; no calcula las consecuencias. Obra decididamente, impulsada por un noble motivo, y Dios se lo premia con creces. El comportamiento de esta mujer merece una reflexión por nuestra parte. Puede ser el paradigma de otras situaciones semejantes que se nos pueden presentar. Y un claro ejemplo de cuál debe ser la actuación correcta. Incluso por encima de la ley o de ciertas normas sociales establecidas.

Jesús es un reo, un condenado a muerte. La sentencia proviene del procurador romano, la autoridad competente para ello; pero son las autoridades religiosas judías las que fuerzan a Pilato con sus acusaciones, con su presión a dictar la sentencia. Un judío devoto, practicante estará de acuerdo con la actuación de los sacerdotes y del Sanedrín en el caso de Jesús. Parece que es lo pertinente. Pensemos como católicos qué haríamos si el Papa excomulgara o condenara a uno de sus obispos, teólogos, etc. Lo normal, lo políticamente correcto es ponernos de parte del Papa y sintonizar con su actuación como buena, justa y correcta. Pero Verónica desafía el estatus constituido se pone del lado del reo. Jesús es un condenado de acuerdo con la ley judía, según sus sacerdotes. Un peligro para el pueblo. Un alborotador y sedicioso. Por tanto, debe morir. Pero Verónica se salta todo a la torera. No le importa nada lo que piensen sus sacerdotes o cómo actúe la justicia del momento. Siente lástima por aquel hombre. Se olvida de prejuicios sociales, religiosos, jurídicos. Le importa el hombre, el ser humano desvalido, que sufre, que está solo y abandonado, aunque sea culpable ante la consideración de todos.





El amor debe prevalecer sobre todo. A Dios no le agradan nuestros sacrificios, nuestros ritos o ceremonias si no tenemos misericordia. La ley no salva; sólo el amor infinito de Dios al cual debemos corresponder amándole a Él y a nuestros hermanos.

A los pobres siempre los tendréis con vosotros”, nos dijo Jesús (Jn12,8). A los pobres, a los marginados, a los condenados y encarcelados, a los enfermos, a la escoria humana. Y en ellos está el rostro de Cristo, la persona de Jesús. Esto no quiere decir que defendamos la injusticia, la insumisión a la ley, el desprecio a las normas de convivencia. Condenamos el pecado, pero no al pecador. El perdón, la ternura, la misericordia, la compasión son las virtudes que definen la conducta de Jesús y que deben ser la aspiración de todo cristiano. Verónica actúa como el buen samaritano de la parábola. Nada desprecia más Jesús que la actuación hipócrita de quienes defienden la apariencia externa de buen comportamiento y albergan un corazón corrompido por el odio, el egoísmo o la soberbia. Magdalena, la mujer adultera, el buen ladrón, el publicano de la parábola testifican cómo debe ser nuestra forma de proceder.

Gracias, mujer Verónica, por este sublime ejemplo que nos has dado en una actuación tan sencilla y corriente como es la de limpiar el rostro de una persona que sufre y padece.


martes, 26 de marzo de 2013

2ª ESTACIÓN: JESÚS CARGA CON LA CRUZ A CUESTAS

Condujeron a Jesús a través de la plaza, mientras le traían la cruz que arrojaron a sus pies. Él la cargó sobre su hombro. A continuación, sonó la trompeta para iniciar la marcha. Numerosos soldados, una gran multitud de hombres y de niños, fariseos y personalidades miembros del Sanedrín, a pie o a caballo, se arremolinaban en torno a Jesús. Él, descalzo, ensangrentado, temblando de fiebre, revueltos sus cabellos y barba se puso en marcha. Tras él, los ladrones. Finalmente, una representación de la autoridad civil romana.
La calle de la Amargura era sucia y estrecha. Por todas partes se oían insultos, y hasta le tiraban piedras como a un perro. Muy poca gente se compadecía de Jesús. Ya se habían olvidado de su entrada triunfal en Jerusalén, aclamado entre palmas y ramas de olivo. Impresiona ver cómo se manipula a la gente y se lleva de un sitio para otro a la masa de un pueblo. En qué espacio tan corto de tiempo se pasa del “Hosanna al Hijo de David” al “Crucifícalo”.
Sobre todo, no olvidemos que ese condenado a muerte de cruz, que arrastra el instrumento donde va a ser ejecutado, es el Mesías del pueblo de Israel, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. El mismo Dios en persona. Y está haciendo eso por nosotros. Por nuestra salvación. ¡Qué caro le costó nuestro rescate! ¡A qué extremo de anonadamiento le llevó nuestra redención!. Sobran todas las palabras o cualquier comentario. Imaginemos la escena. Jesús de Nazaret condenado a muerte, cargando con la cruz, instrumento de suplicio, que se pone en camino- diríamos ahora como un descamisado, un marginado, una escoria humana- hacia el Calvario donde va a ser crucificado
¿No le hubiera bastado al Hijo de Dios hacerse hombre y traernos su doctrina, el mensaje de la Buena Noticia, dándonos las pautas de nuestra conducta y enseñándonos como debía ser nuestra vida? ¿Por qué tal despilfarro de dolor y sufrimiento?
Nos produce verdadero vértigo contemplar cualquier escena de la Pasión de Jesús y pensar que es Dios, que todo eso lo hace por amor al hombre- a todos y a cada uno de nosotros- y que le hubiera bastado el acto más insignificante, por su parte, para salvar al género humano. Hubiera sido suficiente el hecho de la Encarnación. Una simple oración. Una súplica a su Padre. ¿Por qué se somete a ese abismo de humillación? ¡Qué bien lo expresa San Pablo: “ No tuvo en cuenta su categoría de Dios, se rebajó hasta la muerte y una muerte de cruz” ( Ef 2,6 ;8 ).
La cruz es un signo de espanto. Nadie quiere la cruz. Todos la huimos. Y sin cruz no hay salvación. “Quien no coge su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío” (Lc 14,27). “Si el grano de trigo no cae en tierra y se pudre no puede dar fruto. La cruz

es sinónimo de infelicidad. La cruz es sufrir, padecer, morir. ¿Por qué Jesús ha elegido ese camino? ¿Por qué es esa la voluntad de Dios, de su Padre para con Él? Quizá no encontremos explicación; pero los pensamientos y los caminos de Dios no son los nuestros.
También a Jesús le repelió la cruz. Le espantó el sufrimiento hasta el pánico y el sudor de sangre. Pero no sucumbió a la tentación. No huyó ante la que se le venía encima. Aceptó su misión y su destino como manifestación de la voluntad de Dios. Y la asumió plenamente. La sublimó hasta convertirla en un triunfo, en signo de gloria, en semilla de vida. Por la cruz a la luz. Tras la cruz, la resurrección.
En la cruz de Cristo se encierra todo el misterio de nuestra salvación. En la cruz de Cristo está escondido el secreto de nuestra liberación de la muerte y del pecado. La verdadera libertad del ser humano. La dignidad humana encuentra su total plenitud en la cruz de Cristo. Y la explicación de todos los avatares de nuestra vida. De qué distinta manera se ven así las enfermedades, el dolor, las contrariedades, las diversas pruebas que se nos presentan.
La cruz nos purifica, nos limpia de egoísmo, nos libera, nos impulsa a subir hacia la cima. ¡Cuánto lastre, cuánto peso de ataduras humanas desaparecen! Y nos nacen alas para la ascensión a Dios. El orgullo, la soberbia, la vanidad, la ira son atemperados por el dolor. Nos hacemos más comprensivos, más tolerantes, más humanos cuando nos visita el sufrimiento.
En la hora de la prueba se ve lo que somos, se manifiesta lo que valemos. Se acrisolan nuestras obras, pensamientos y actitudes. Se mide nuestra hondura espiritual, nuestra vida interior.
Finalmente, en el sufrimiento se mide y acrecienta nuestro amor. No hay amor sin dolor. No sabemos lo que amamos hasta que no sufrimos. Cuanto más se ama a Cristo más se desea sufrir para parecernos más a Él, para identificarnos con el Crucificado.
Pero no somos masoquistas. No buscamos el dolor por el dolor. No nos complace el sufrimiento en sí. La muerte, la enfermedad, la traición del amigo, el daño de nuestros enemigos, nuestras carencias y limitaciones humanas están ahí, nos visitan inevitablemente. Si nos revelamos, si no las aceptamos como queridas o permitidas por Dios, si no las asumimos, entonces la cruz, en vez de ser fructífera y salvífica, sirve para nuestra condenación en esta vida y, quizá, en la otra.
La cruz que nos identifica con Él. La cruz que da vida, que salva, que redime, que libera, que dignifica, que nos lleva al amor es la cruz de Cristo. “Si morimos con Cristo, viviremos con Él...” (2 Tim 2,11). Ahí está el secreto y la explicación de la cruz. De su valor inmenso. De su éxito y triunfo final.


3ª ESTACIÓN: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ BAJO EL PESO DE LA CRUZ

La calle está llena de hoyos y de piedras; a trechos, de suciedad y lodo. Es posible que Jesús tropezara o que los verdugos le tiraran de las cuerdas que llevaba atadas a la cintura. Lo cierto es que Jesús cae al suelo como un perro apaleado. Y a su lado cae la cruz. O, tal vez, encima, aplastándole. Él tiende la mano implorando ayuda y misericordia con su mirada. A cambio, recibe una sarta de imprecaciones y de insultos. A algunas mujeres afligidas se les escapan las lágrimas y los niños corren asustados. Pero el corazón de los verdugos está cada vez más endurecido. Empujándole y dándole patadas, lo levantan del suelo y le cargan de nuevo la cruz.
Ante un mismo acontecimiento, la reacción de los humanos es muy diferente, diametralmente opuesta. O nuestro corazón se ablanda y nos ponemos del lado de Jesús o seguimos empecinados en nuestro pecado. Lo que para unos es signo de salvación, para otros es objeto de burla, mofa y desprecio. Jesús caído en el suelo es un ajusticiado despreciable para algunos; para otros es digno de toda lástima y compasión.
Para nosotros, ¿quién es ese hombre caído en tierra? ¿Es el Hijo de Dios vivo? ¿Qué estamos dispuestos a hacer por Él? ¿Le dejaremos solo cargado con su cruz, camino de la crucifixión, o le diremos, de todo corazón: Jesús, cuenta conmigo, no te dejaré solo jamás; donde tú vayas, también iré yo?
Cualquier persona sensible y educada es agradecida con quien le hace un favor. A mayor favor, más reconocimiento y gratitud. Si sabemos que alguien nos ha salvado la vida le estaremos inmensamente agradecidos y se lo demostraremos de mil maneras. Jesús ha hecho por nosotros lo máximo posible que se puede hacer: dar la vida. ¡Y de qué forma! ¿Cómo se lo agradecemos? ¿ Le somos incondicionales a cualquier hora o en cualquier momento o nos trae sin cuidado lo que haya hecho por nosotros? No digamos que es cuestión de fe, de creer o no en Él. Por supuesto, me estoy refiriendo a creyentes, a cristianos seguidores suyos. ¿Hasta qué punto nos interesa, nos incumbe Jesús? ¿Somos coherentes con nuestras creencias? ¿Reflejamos en nuestra vida la fe que profesamos? ¿Estamos agradecidos por la salvación que inmerecidamente nos regala? Toda una vida sería insuficiente para agradecer a Cristo nuestra Redención, el habernos abierto las puertas del paraíso para toda la eternidad.
A Jesús no le importa caer bajo el peso de la cruz cuantas veces sea necesario por nosotros. Le importamos demasiado. Nos quiere hasta el infinito. ¿Vamos a reaccionar de una vez por todas con nuestra gratitud, nuestra entrega generosa, nuestro amor sincero? Le hemos costado demasiado para seguir siendo desagradecidos, indiferentes.

La cruz pesa, a veces, demasiado. O nos ponen zancadillas, nos dificultan el camino. Pero nuestra obligación es seguir adelante. O, al menos, intentarlo. Ante la caída, lo primero, levantarnos; después, seguir adelante. Nunca digamos que no podemos más, si no hemos puesto a prueba nuestras fuerzas. No desistamos, si no hemos empleado todos los recursos. El fracaso no está en la caída, sino en no levantarnos, o, al menos, en no intentarlo. Quien cae muchas veces no es un fracasado, si intenta levantarse siempre. Y cuando nos faltan las fuerzas, ahí está Dios. Nunca nos tienta por encima de nuestras posibilidades (1Cor 10,13). Jamás nos faltará su gracia. Ya nos avisó Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer”. En orden espiritual no podemos ni pronunciar su nombre si Él no nos ayuda (1Cor12, 13) Sólo venceremos con la fuerza de su Espíritu.
Si somos conscientes de este poder que tenemos en el nombre de Jesús, si confiamos en su palabra, si tenemos fe en su persona, todo lo podremos- como dice San Pablo- en Aquel que nos conforta. Las caídas no nos pueden hacer desesperar. Lo peor es la tibieza, la modorra, el desánimo, el decir no puedo más. Siempre podemos más. Él nunca deja de tendernos su mano amiga.
¿Qué haces ahí caído mirando el fango y el lodo que te envuelven? Levanta tus ojos al cielo y sigue adelante. Tienes un compromiso con Dios, contigo mismo y con los demás. Saca fuerzas de flaqueza una vez más. Todo esfuerzo es poco. Bien merece la pena dedicar la vida entera a la causa de Cristo y seguir con tu cruz tras sus pasos. Saca un fuerte propósito que marque tu vida para siempre. No permanecer mucho tiempo caído en el suelo. Levántate y síguele a dondequiera que vaya, a donde te quiera llevar.
Jesús cae al suelo cansado, extenuado, sin fuerzas. Él asumió en todo nuestra condición humana, exceptuando el pecado. Se hizo tan semejante a nosotros para que no tuviéramos miedo de Él, para que confiáramos plenamente en Él. Para decirnos: mira, estoy deshecho, no puedo más, me faltan las fuerzas; pero me levanto. Quiero levantarme. Me esfuerzo hasta el límite para levantarme. No te dé vergüenza verte caído en tierra, confundido con el polvo y con el lodo si, aunque sea sólo con tu mirada, imploras ayuda y estás diciendo que quieres seguir adelante. Yo estoy siempre a tu lado. Cuenta conmigo.


lunes, 25 de marzo de 2013

VIA CRUCIS

INTRODUCCIÓN

El ejercicio del Vía Crucis es, quizá, la devoción más antigua de la Iglesia. Tal vez, practicado desde los comienzos del cristianismo. Tiene su justificación en la creencia de que la Virgen María, acompañada por San Juan, recorrió los lugares que, previamente, había hecho su Hijo durante su Pasión. Cuántas veces, durante su estancia en Jerusalén, andaría la calle de la Amargura – recordando sus caídas, su encuentro...- la plaza en la que oyó su condena a muerte, el monte Calvario...Quizá lo hiciera la misma tarde del Viernes Santo o el sábado. Muchos discípulos de Jesús, habitantes de Jerusalén, harían lo mismo, extendiéndose esta costumbre a cuantos acudieran a Tierra Santa para visitar los lugares donde había nacido, vivido, predicado, padecido Jesús de Nazaret. Objeto de una devoción especial fueron los lugares de su pasión y muerte. Esta práctica se extendió especialmente en la época del emperador Constantino (S.IV). Durante la Edad Media, ante la dificultad de viajar a Tierra Santa, surgió la costumbre de representar algunas de las Estaciones del Vía Crucis en los templos de Europa. Con Inocencio XI y Benedicto XIII se dio un gran impulso a la concreción de esta devoción. Seguramente fue el siglo XVI cuando se fraguó la forma que el Vía Crucis ha conservado hasta nuestros días. Y Juan Pablo II nos regaló un Vía Crucis de quince estaciones ajustadas a los pasajes del Evangelio.
Si nos basamos en las revelaciones hechas por Jesús a algunos santos y la práctica de casi todos ellos, algo que le agrada especialmente es la meditación y contemplación de su Pasión y muerte. Recordemos a San Francisco de Asís, Sta. Gema Galgani, San Gabriel de la Dolorosa, San Pio de Pietrelcina, Sta. Brígida, Sta. Catalina de Siena, Sta. Ángela de Foligno y un interminable número de ellos. Precisamente el Vía Crucis consiste en la meditación y contemplación de algunos de los pasos o escenas en las que Jesús más padeció y sufrió por nosotros desde la institución de la Eucaristía (Jueves Santo) hasta la sepultura en la tarde del Viernes Santo.
Y cada una de las estaciones del Vía Crucis termina con el rezo de un padrenuestro y avemaría. Las dos oraciones por excelencia: compuesta la primera por el mismo Jesús, a petición de los Apóstoles, para enseñarles a orar, y debida la segunda a la salutación del ángel Gabriel a María, a las palabras del saludo de su prima Isabel y a la Iglesia que compuso el santamaría. No quiero extenderme en este punto; pero ahí tenemos a multitud de santos que han escrito bellísimamente sobre el contenido de estas oraciones. Baste recordar a Santa Teresa de Ávila, San Luis Mª Grignon de Montfort en su tratado del Rosario.


De ninguna práctica piadosa se ha escrito y hablado más, seguramente, que del Santo Rosario, compuesto, precisamente, del rezo del Padrenuestro y del Avemaría y de la contemplación de los misterios de la vida, muerte, y resurrección de Jesús y de otros sobre la Virgen María. Ahí radica la grandeza, belleza e importancia del Santo Rosario. Todos los papas lo han recomendado, ensalzado y concedido indulgencias a quienes lo recen. Pero nadie más autorizado para su recomendación que la misma Madre de Dios. Recordemos las apariciones de Fátima. En todas las iglesias de la Cristiandad se practica el rezo del santo Rosario y, especialmente en los santuarios marianos y en las fiestas y peregrinaciones en honor de la Virgen María.
La práctica del Vía Crucis está menos generalizada dentro de la Iglesia. Es una costumbre universal hacerlo los viernes de cuaresma y, especialmente, el Viernes Santo. Recordemos el presidido por el Papa en Roma.
Desde estas páginas animo a las personas devotas y a todos los cristianos a la práctica del Vía Crucis todos los viernes del año. Si sabemos que la contemplación de los sufrimientos y dolores de la Pasión tanto agradan a Jesús, qué mejor modo de hacerlo que mediante el rezo del Vía Crucis, contemplando cada paso o estación y acabando cada una de ellas con el rezo de un padrenuestro y avemaría,
Movido por el deseo de ayudar a alguno en la meditación de estos misterios de dolor de nuestro Señor he compuesto el presente librito. Si te sirve y sacas algún provecho espiritual, recomiéndalo a quienes puedan beneficiarse de ello.
Demos gracias a Dios que ha puesto a nuestra disposición tan maravilloso medio para acrecentar nuestro amor a Jesucristo, mediante la contemplación de su pasión y muerte, y para obtener tantos dones y beneficios espirituales, en favor nuestro y de la Iglesia.



1ª ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Se trata de un juicio.
¿Quiénes son los personajes participantes?
El protagonista es el reo: Jesús de Nazaret.
El juez: Poncio Pilato.
Los acusadores: los Príncipes de los Sacerdotes.
Y toda una comparsa de personajes secundarios en el escenario: soldados, escribanos, personal de seguridad y vigilancia, verdugos, curiosos y un populacho manipulado, enloquecido, ebrio de sangre.
A cierta distancia contempla la escena un reducido grupo de personas que sufre y padece en íntima sintonía con el reo: su madre y unas piadosas mujeres familiares y amigas.
El escenario: la plaza del palacio de Pilato.
El gobernador, ataviado con sus vestidos oficiales, se dirige al tribunal llamado Gábbata y toma asiento. Jesús es conducido a su presencia con su capa de burla y la corona de espinas, permaneciendo de pie.
-Aquí tenéis a vuestro Rey- exclamó Pilato.
-Crucifícalo-vociferaban.
-¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?
-No tenemos más Rey que el César.
Pilato leyó la sentencia argumentando que había sido acusado de proclamarse Hijo de Dios, Rey de los judíos y que era un peligro para la paz pública, por todo lo cual condenaba a Jesús de Nazaret a ser crucificado. A continuación, escribió la inscripción que debía haber en la cruz: Rey de los judíos.
Leída la sentencia, los verdugos le desataron las manos a Jesús y le trajeron sus vestidos. Le ataron alrededor del cuerpo la correa de la que salían cuerdas para tirar de él. La sentencia contra Jesús fue pronunciada alrededor de las diez de la mañana, tras una noche sin dormir encerrado en el calabozo del palacio de Caifás.

Después de ser brutalmente azotado, coronado de espinas, escupido, abofeteado, hecho objeto de burlas y escarnecido.
Se trata de un juicio injusto, inicuo, plagado de falsedades y mentiras. Pongámonos en la piel de Jesús, en una situación semejante. Se le acusa de blasfemo, alborotador del pueblo, de conspirar contra el César. ¿Qué sentiría Jesús ante tanta falsedad, mentira, humillación?. Repasemos la escena: Pilato sentado en su tribunal, como juez, tiene ante sí a Jesús, de pie, como un reo. Un malhechor despreciable. Y pensemos en lo más profundo del caso: ese hombre que aparece como un gusano despreciable, peligroso, merecedor de tanta burla y desprecio es el Hijo de Dios infinito, todopoderoso y eterno. Ese hombre que está siendo juzgado y condenado a muerte de cruz es Dios mismo. Tras un espantajo humano está Dios.
Jesús experimentando la más tremenda y absoluta soledad. Ni un sólo testigo a su favor. Todos le dan la espalda. Nadie quiere saber nada de él. Muchos le odian. Otros le ignoran en su indiferencia; pero nadie quiere comprometerse. Ese es el paradigma de la actuación humana: en la hora del triunfo, del éxito, todo son amigos. Cuanto más hundido te encuentras, más despreciado eres. Desaparecen los amigos, incluso la misma familia. ¿Quién no se ha visto, alguna vez, en una situación semejante?. Cuando esto ocurra, acuérdate de Jesús. Acuérdate de él. Siempre está. Siempre le tenemos. Nunca nos deja solos. Jesús experimentó todas las situaciones humanas dolorosas para identificarse más profundamente con nuestra condición y decirnos que estaba con nosotros, que podíamos contar con Él. Que nos amaba infinitamente.
¡Cuántas veces nosotros juzgamos y condenamos indebidamente a los demás!. “No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no se seréis condenados......” (Lc 6,37-38). ¡Cuánto daño hacen en la comunidad cristiana las críticas, las murmuraciones, el juzgar a la ligera la conducta de otros!. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y Él sólo puede juzgarnos.
Y pensemos también, cuando seamos juzgados injustamente, en lo que pasó y padeció Jesús al ser condenado inicuamente. Él, la bondad infinita, la perfección suma, la verdad absoluta, condenado a muerte por embaucador, falsario, sedicioso, embustero, perturbador.
Aprendamos, viendo a Jesús en tan lastimoso estado, lo que es la perfecta humildad. Cuántas veces por una insignificancia protestamos, nos quejamos, insultamos, perdemos los modales y la paz interior. Enséñanos, Jesús, lo que es la verdadera paciencia y el verdadero amor.

miércoles, 13 de marzo de 2013



HUÉRFANO          

Esa mirada perdida
que sus ojos refleja
viene de otra tierra
fría y lejana
que se llama
tristeza.

Llueve agua y sombras profundas
la mañana interminable
-filo de plata oxidada-
que desata pesadillas
en la cueva de los sueños.

No cantan los pájaros
en su ventana.
El cielo de sus ojos
jamás se llena
de mariposas blancas.

Nunca sale el sol en el horizonte
de su alma.
Siempre viste de luto.
Duerme en negra cama.

La soledad y la tristeza
le llaman a gritos.
La alegría guarda silencio
en su casa.

-Dime cuál es su nombre
-Huérfano, se llama.










miércoles, 13 de febrero de 2013

AL RÍO SEGURA


  ¿ Se lleva el río

las ilusiones de la  vida

o es la vida la que se lleva

las ilusiones del río?


  Ayer, caminabas majestuoso,

orgulloso de tu profundo y ancho caudal.

  ¡Qué cantidad de agua desperdiciada

en el mar!


  Ahora famélico y enfermizo,

casi hueles a podrido.

  Triste presagio de muerte

causada por los vertidos.


    Y junto al río está la torre

de la iglesia, bien plantada,

enhiesta en su espesura de piedra.

    Y junto a la iglesia

esta la escuela, sucia, pobre, fea,

donde aprendí el nombre

de las primeras letras.


    Cruza el pueblo la carretera

hecha para carros y carretas,

plantada de higueras, al lado

de la acequia, que da de beber

a la huerta.


    Pero el río, Segura por más

señas, es la ilusión de la huerta,que

va sembrando promesas; pero

cada pocos años, embarazada la deja

de fango y lodo,desolación y miseria.


    Se cansa de regalar úberrimas

cosechas, y borra de un plumazo de

agua todo el horizonte de la huerta.


    Como una pesadilla

angustiosa y lenta son las

inundaciones de la huerta.

martes, 5 de febrero de 2013



EL CAMINO INTERIOR

                              Sumérgete , navega-submarino-
                              en el misterio. Salta
                              la claridad de los sentidos
-oscura, vana.
Sortea escollos, te espera
una llanura inmensa
de bruma, agua negra.
No busques luz
a lo que no tiene sentido.
No puedes anidar
fuera de las sombras.

Pero
busca la luz
al sinsentido humano,
que hay mayor luz
donde hay más sombras.

Exploramos múltiples caminos
con y sin fronteras. Tierra,
mar y aire nos pertenecen.
Ligeros o cargados de equipaje
vagamos por doquier
toda nuestra vida.
¡Qué pocos
 exploran
el camino interior de la misma,
sin orillas ,
sin fronteras!

domingo, 27 de enero de 2013



EL SALUDO 

Tú engendras el saludo
y lo borras con un gesto
de tu cara. Lo que importa
es su corazón, no las palabras.

Si el teléfono la voz delata
el estado de ánimo del que habla,
más el saludo descubre
la verdadera amistad
o la fingida desgana.

Aunque disfracemos la palabra
-mensajero del saludo descubre
la verdadera amistad
o la fingida desgana.

Aunque
disfracemos la palabra
-mensajera del saludo-
no podemos ocultar
el latido de la voz
que es el corazón de la palabra.

No saludes por oficio
ni rutina vana;
cuando saludes,
pon toda tu alma
en la sonrisa de tu cara
y un destello de ternura
en el limpido espejo
de tu mirada.










domingo, 20 de enero de 2013



Tú eres mi musa,
mi cielo,
mi pequeña diosa
que inspira cada verso
de mi poesía
y habita el interior
de mi pensamiento
todos los días